sábado 11 de junio de 2011

When the beautiful voice was back

Hace tiempo que quiero escribir esta entrada referente a las funciones de Capriccio de Richard Strauss que tuvieron lugar en el Met el pasado mes de abril. Para algunos críticos les será fácil, incluso disfrutaran, haciendo malas críticas. Yo no: para mí hacer una mala crítica es algo difícil. Ver a un cantante encima del escenario cantando algo de forma inadecuada después de toda la preparación y los años de estudio es algo doloroso, al menos para mí. Antes de ponerlo sobre papel siempre pongo en duda mis opiniones, pero lo que no puede hacerse es negar algo que es evidente.

Renée Fleming ha elegido algunos papeles a lo largo de su carrera que no son los más adecuados para su personal voz, ideal para el repertorio germánico, como Strauss, y para algunos de sus papeles memorables como la condesa de Le nozze o Tatiana en Eugene Onegin.  Una de estas decisiones inadecuadas fue cantar el rol de Armida en la ópera de Rossini la presente y pasada  temporada en el Met, a pesar de que fuera ella misma quien marcara historia cantando este rol magistralmente en 1996 en el Carnegie Hall. No fue el caso de las funciones de 2010 y 2011 en que la soprano estuvo fuera de estilo y donde se notaron cruelmente el paso de los años.

Parece extraño que sea la misma soprano la que en el mismo escenario consiguiera resultados tan buenos cantando Capriccio con tan solo dos meses de diferencia, pues hay que recordar que las funciones de Armida de esta temporada tuvieron lugar en febrero.

La soprano estuvo adecuada en estilo y encarnó a una gran Condesa Madeleine: su voz se adapta como un guante a esta maravillosa pieza. Su debut en el Met de este rol fue un verdadero éxito a pesar de que su predecesora fuera ni más ni menos que Kiri Te Kanawa. Fleming tiene la experiencia vital suficiente como para dotar al personaje de una gran profundidad y la escena final fue un verdadero deleite. Siempre estupenda en escena fue la perfecta anfitriona de este salón intelectual de su château de los años veinte en que John Cox traslada la acción. La ópera se representó sin entreacto y aunque algunos ignorantes –no hay otra palabra para describirlos- se fueran a media función perdiéndose la escena final, la mayoría del público disfrutó de un maravilloso capricho.

Capítulo aparte merece esta obra maestra de Strauss. Todo lo que se dice en el libretto, las reflexiones sobre la ópera como género, el exquisito salón de entreguerras… es algo fascinante. Sobretodo si se tiene en cuenta que la ópera  se estrenó en Munich en 1942, en plena Segunda Guerra Mundial. Me parece intrigante que alguien pueda escribir esta belleza frívola y profunda a la vez en medio de  tanta barbarie y destrucción. Aunque precisamente con esta ópera Strauss pasó la mano por la cara al régimen nazi, su arte oficial y su arte degenerado y lo hizo para homenajear al género musical que más quería de una forma insuperable. “Prima la musica e poi le parole”